“Pero tranquilo, que tú no lo eres”

Era octubre o noviembre de 2001. Durante los primeros meses de 1º de la ESO, el acoso escolar homofóbico que sufría desde hacía más de 7 años se había recrudecido. Los insultos, las risas, los empujones y ese hacerme el vacío a propósito ya no se quedaban en el colegio o en alguna fiesta de cumpleaños, sino que empezaron a acompañarme en mi camino de ida y vuelta a casa.

Además, después de los recreos, aparecían en el aula notas muy hirientes dirigidas a personas consideradas vulnerables de la clase. Muchas, por supuesto, eran para mí. Una de ellas fue particularmente dañina y provocó que saliera del colegio llorando.

Ante esta situación mi madre se reunió con mi tutora para contar todo lo que me ocurría y tratar de ponerle solución. Pasados unos días de ese encuentro, la tutora paró la clase que nos estaba dando para hablar del acoso que yo sufría.

Recuerdo que, mientras la gente hablaba, sobre todo, los acosadores (justificando sus actos), yo permanecía nervioso y en silencio. Por un lado, me alegraba que no se estuviese restando importancia al bullying que padecía, pero, por otro, no sabía qué consecuencias negativas podría tener para mí.

Estaba callado por muchos motivos. Los principales eran mi timidez, que me impedía expresarme, y el miedo a las risitas y cuchicheos que surgían cada vez que yo hablaba. Estos últimos provocaban que siempre estuviese tenso.

De todas las personas que intervinieron, recuerdo con muchísimo agradecimiento y cariño  a Margarita. También se metían mucho con ella y fue la única que me defendió sin ningún tipo de reserva.

En un momento dado, la tutora alabó mi silencio. Dijo que era un signo de madurez estar callado mientras el resto hablaba de mí, pero me invitó a decir unas palabras. No me acuerdo de lo que dije, pero sí de que tartamudeé varias veces y no me expliqué muy bien.

De todas formas, eso tampoco importaba mucho, puesto que, en ningún momento, nadie negó que yo sufriera acoso.

El resto de lo que sucedió está borroso. Lo que más recuerdo es mi silencio y mi postura. Estaba sentado en mi pupitre, miraba constantemente la superficie de la mesa, apoyaba mi cabeza sobre mi mano derecha y no paraba de temblar.

Los temblores fueron a más (mi cuerpo somatiza así muchísimas veces) y, al terminar la clase, que era la anterior a la hora de la comida, en lugar de bajar al comedor, fui a la sala de profesores con mi tutora.

Allí estuvimos solos y, después de tratar el tema con más calma y explicarme todo lo que yo valía, me dijo: “pero tranquilo, que tú no lo eres”.

Nota del autor del blog:

El comentario es desafortunado por la homofobia estructural y sutil que encierra (“estate tranquilo, 
que no eres maricón. Si lo fueras, ya nos preocuparíamos”) y quiere servir de ejemplo de cómo podemos 
decir cosas que pueden resultar discriminatorias aunque no nos demos cuenta de ello. 

A pesar de estas palabras de la tutora, el autor de esta microrrealidad quiere dejar claro que esta 
profesora resultó de gran ayuda y la primera persona que confrontó el bullying homófobo que sufría 
en clase.

Puedes conocer más la historia de Víctor a través de su colaboración con It get’s better España.

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