El valor rosa de la extrema derecha

El 8 de abril de 1991 Michael Kühnen lideró un grupo de skinheads en la localidad alemana de Frankfurt an der Oder para protestar contra la apertura de la frontera polaca tras la reunificación de Alemania. Esa fue la última aparición pública del que fuera uno de los principales líderes de la escena neonazi alemana durante los años ochenta.

También durante los ochenta Nicky Crane fue un icono neonazi que organizaba palizas a cualquiera que se interpusiera en su camino. Era temido por las minorías, los partidos de izquierdas, jueces y policías. Lideró el British Movement en Kent y fue un ferviente defensor del nacionalsocialismo hasta pocos meses antes de morir, cuando renegó de su pasado.

Michael Kühnen y Nicky Crane fueron los primeros homosexuales conocidos que estuvieron vinculados a una ideología de extrema derecha tras la II Guerra Mundial. La visibilización de su homosexualidad llegó al final de sus vidas. En el caso de Nicky Crane, la revista antifascista Searchlight sacó a la luz las idas y venidas del líder nazi a la discoteca gay londinense Heaven, mientras que Michael Kühnen publicó su manifiesto Homosexualidad y Nacionalsocialismo en 1986, según el cual los mejores luchadores del nacionalsocialismo eran los hombres homosexuales, básicamente porque no estaban atados ni a mujeres ni a hijos.

La activista feminista Sheila Jeffrey, conocida por su obra Herejía lesbiana, asegura que evidentemente que es posible que “un nacional-socialista sea homosexual o que un skinhead neonazi sea gay”. No solamente porque la orientación sexual no está ligada a la ideología, sino porque “el culto a la masculinidad, pilar fundamental de esta política, puede ser muy atractivo para algunos hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres. Con todo, se convierte en insostenible, como lo fue en la Alemania nazi, cuando se hace público y desacredita el movimiento”, concluye.

Durante los años ochenta del siglo XX la extrema derecha europea era homófoba y racista. Veinte años después algo empieza a cambiar. Pim Fortuyn fundó el partido ultraderechista holandés y tras alcanzar varios éxitos electorales fue asesinado a tiros en la calle en 2002. Fortuyn era abiertamente gay y la opinión pública holandesa, pero también la europea, no salía de su asombro de cómo un homosexual podía estar al mando de un partido político de extrema derecha. Enrique Alpañes consideraba, en un excelente artículo publicado en Yorokubu hace un par de meses, que Pim Fortuyn fue el primer político en combinar con éxito tolerancia gay e intolerancia racial.

Hoy la homosexualidad de Kühnen, Crane o Fortuyn no sería un tema de conversación. Ni siquiera podría ser usada como arma por otros partidos, tampoco por los de derechas. Según considera el respetado columnista de The Guardian Owen Jones, «los movimientos de extrema derecha están marchando sobre el mundo occidental, tratando de apropiarse de la campaña de los derechos homosexuales para su propio beneficio». Esto lo observamos con mucha claridad en el caso del Frente Nacional de Marine LePen, que ha ido hilando sutilmente durante años la idea de que el Islam, la inmigración y los refugiados musulmanes que llegaron en masa en los últimos tres años son la principal amenaza para los derechos de nuestro colectivo. Dicho de otro modo, si hay un partido político que va a defender nuestros derechos ante la imposición cultural y social que supondrían una mayoría de musulmanes, ese sería el Frente Nacional. Sin embargo, de sobra es sabido que este partido no apuesta por la igualdad real. Xavier Casals, profesor de Historia de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales de la Universitat Ramon Llull recogió hace unos años en un artículo para El Periódico de Catalunya unas declaraciones del sociólogo Sylvain Crépon que Marine LePen hizo en 2011, según las cuales la legalización del matrimonio homosexual supondría ir «muy lejos en la modificación de nuestra civilización», hasta abrir las puertas incluso de legalizar la poligamia.

La extrema derecha sigue considerando los derechos de los homosexuales un privilegio y, por tanto, cualquier reivindicación en este sentido siempre será una concesión, pero jamás el reconocimiento pendiente de unos derechos negados. Marine LePen ha obtenido el 33,90% de votos en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales donde, según las encuestas previas a la jornada electoral, la candidata del Frente Nacional tenía el apoyo del 25% de los homosexuales en París, mientras que dos tercios de las parejas casadas homosexuales podrían decantarse por ella. En España la extrema derecha no tiene la presencia que tiene el Frente Nacional en Francia, pero tal y como recuerda Canals en su artículo, mientras sigamos creyendo que la ultraderecha es pura reedición del fascismo, cometemos un grave error «que impide comprender sus dinámicas de crecimiento».

Fuentes: El confidencial, Yorokubu, Huffington Post, El Periódico de Catalunya, DBNA.

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