Una respuesta inesperada

Llevo tanto rato esperando que cuando el médico se asoma y grita mi nombre estoy medio dormida. Despierto de golpe. Cojo la mochila, cojo la carpeta, cojo la bolsa con los tuppers de la comida y cruzo el estrecho pasillo con paso rápido. Empujo la puerta entreabierta y paso dentro de la consulta.

—Buenos días  —dice el ginecólogo.

—Buenos días —contesto yo.

Dejo mis cosas en una silla vacía y me siento en la otra con la espalda bien recta. Estoy un poco nerviosa: soy consciente de que por mil razones hace tiempo que no me hago las revisiones periódicas.

Es mi primera visita con él. Le doy algunas explicaciones, con timidez, de por qué ha pasado tanto tiempo desde la última revisión ginecológica. Después él me pregunta por mi edad, fecha de mi primera menstruación y su regularidad. Y continúa:

—¿Sexualmente activa? —me pregunta. Doy por hecho que se refiere a que si soy sexualmente activa con otras personas.

—No, ahora mismo no.

—¿Anteriormente?

—Anteriormente sí.

Aham. ¿Métodos anticonceptivos? —vuelve a preguntar.

—No… —le contesto. Antes de que pueda acabar de explicarme chasquea la lengua sonoramente y levanta la vista del papel mirándome con severidad. Yo me quedo extrañada—. Verá… es que no me hacen falta…—intento explicarle.

—¿Ah no? —me interrumpe de nuevo—. Pues las infecciones de transmisión sexual van que vuelan hoy en día.

Ni tiempo tengo para pensar en que el médico, ginecólogo nada menos, usa como sinónimos profiláctico y anticonceptivo. Hoy en día quizá me entretendría en decirle cuatro cosas, pero en aquel momento simplemente me revuelvo incómoda en la silla y vuelvo a la carga:

—A ver, no… Me refiero a que estaba en pareja estable. Además soy lesbiana y no nece…—y dale con no dejarme acabar—.

—¿Que qué?

—¿Eh?

—¿No mantienes relaciones con hombres? —me increpa. Quizá es cosa mía, pero creo que su mirada pasa de punto de congelación a menos veinte grados.

Ehm… no —¿Hola, hay alguien ahí dentro?

El ginecólogo escribe. No sé muy bien el qué, pero escribe. Tras un incomodísimo momento de silencio escupe a media voz:

Ahá, ya veo…—mientras garabatea de mala gana y en mayúsculas escribe “LESBIANA” en el margen superior del formulario que está rellenando.

Siento cómo se me arrebolan las mejillas al leerlo. ¿En serio está pasando esto? Qué incómodo. Inspiro profundamente, aprieto la mandíbula y tomo nota mental de cambiar de ginecólogo para la próxima revisión.

El caso es que he venido para algo, además del chequeo pendiente, y le explico que tengo unas reglas irregulares tanto en cantidad como en periodicidad, y que tengo dolores muy intensos. Le comento que a mi hermana le sucedía igual, que al final le dieron pastillas anticonceptivas para regular el ciclo y que desde entonces todo genial.

—Tú no necesitas de eso —me contesta tajante.

Me quedo atónita. Los pensamientos se me acumulan uno detrás de otro en la cabeza, atascados justo detrás de la lengua.

—Mire… —hago una pequeña pausa para coger aire y tratar de razonar con él sin dejarme llevar por la indignación que va creciendo en mi pecho, pero vuelve a cortarme.

Que no necesitas de eso —me espeta y baja la vista para garabatear en un papel de receta —. Tendrías que hacerte una ecografía. Cuando tengas los resultados, vuelves —me alarga la receta sin levantar la vista de la mesa, displicente, y cierra la carpeta como dando a entender que la visita ha terminado.

Y yo me callo. Me acuerdo de que vivo en un pueblo no tan grande y vienen a mi mente mis padres. Los disgustos y las habladurías que se habrán dicho todo este tiempo que he estado fuera. Me llegan ecos de la infancia: que si a los médicos hay que respetarlos y que no es respetable que una señorita vaya montando escándalos…  Y me quedo pensando si los médicos deberían respetar a sus pacientes, si yo no merezco también un respeto, empezando por no llamarme “señorita”. Me bloqueo. En silencio cojo la receta que me extiende con cierta brusquedad y lo miro con rabia. Recojo mis cosas y me marcho. Ni qué decir tiene que cambié de ginecólogo y encontré un profesional de verdad. También cambié yo y sé que lo que pasó años atrás no volverá a sucederme.

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2 thoughts

  1. En realidad no topaste con un ginecólogo, un médico, ni siquiera con un hombre… topaste con un sistema sanitario y social que produce y reproduce a través de nuestros cuerpos y las concepciones de ellos una opresión y modulación de lo “deberíamos ser” según unos parámetros tan rígidos que ni ellos se los creen. Una mujer lesbiana cuestiona el orden social. Podría haber escrito “PELIGRO” en vez de “LESBIANA” y hubiera significado exactamente lo mismo. Lo bonito es aceptar que somos ese peligro y llevarlo no solo sin miedo y sin vergüenza sino con el orgullo de ser algo cuestionador a partir de lo que revisar esas normas sociales restrictivas y asfixiantes. ¡Un abrazo Eugenia!

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