Eurovisión: una homohistoria de amor

Según las estadísticas el próximo sábado unos 24 millones de homosexuales se congregarán delante del televisor para ver el festival de los festivales. Lo sé, no a todos los gais les gusta Eurovisión, del mismo modo que no a todos los heterosexuales les gusta el fútbol o la fórmula 1. Pero es cierto que el espectáculo musical más seguido de la tele atrae la atención de gran parte de la comunidad LGTB.

Al contrario de los que muchos piensan, la relación entre Eurovisión y el público gay se remonta casi casi a sus inicios. Ya en el año 1961, Jean Claude Pascal, militar durante la Segunda Guerra Mundial y modelo de Dior, ganó el Eurofestival con una canción dedicada a los amores prohibidos, aquellos que debían vivirse en secreto, y que la sociedad del momento quería separar. La canción, tal y como reconoció su propio autor años más tarde, estaba en parte dedicada a los homosexuales.

Durante décadas el festival ha estado lleno de guiños al colectivo, pero esta discreta relación, sólo apta para aquellos que compartían los mismos códigos, se convirtió en una relación explícita en 1998. Ese año Dana International vencía el festival representando a Israel y a su llegada al Aeropuerto de Tel Aviv era recibida entre vítores y banderas arco iris. Dana fue la primera concursante trans en Eurovisión. Dos años más tarde, ese mismo país nos regalaría el primer beso gay sobre el escenario y en pleno directo: sus protagonistas, los dos cantantes masculinos del grupo Ping Pong.

Con la llegada del nuevo milenio Eurovisión ha seguido buscando complicidades con el mundo LGTB. Incluso algunos representantes han utilizado el altavoz que supone el concurso para denunciar la situación que viven gais, lesbianas, transexuales y bisexuales en sus propios países. Es el caso por ejemplo de la finlandesa Krista Siegfrids, quien en 2013 acabó su actuación besándose con una corista como protesta por la falta de legislación en materia de uniones homosexuales en Finlandia.

Eurovisión es un concurso de música, pero tiene una altísima carga simbólica para la comunidad LGTB. ¿Por qué? Muchos de los países que participan no tienen una legislación que proteja los derechos del colectivo e incluso pueden mostrarse abiertamente hostiles, pero sus televisiones públicas retransmiten el festival. Así es como los espectadores en esos países tienen acceso a toda una simbología que, envuelta en el entorno lúdico que caracteriza al evento, puede llegar a ofrecer un modelo completamente opuesto al conocido, alejándose del miedo, la vergüenza, la culpa y la discreción impuesta. Además, esos modelos basados en la diversidad,  la tolerancia y el respeto son premiados y aplaudidos por el gran público, lo que supone un soplo de aire fresco y una puerta abierta que trae consigo la idea de que otra realidad, en la que uno no es señalado por ser como quiere ser, es posible. Eurovisión supone así un cambio de paradigma para muchas personas que viven en el armario, con culpa y miedo, no solamente en Europa, sino también en otras partes del mundo. En definitiva, el festival se ha convertido en una ventana abierta en el que el colectivo LGTB encuentra un espacio protegido de expresión, una zona de confort y celebración y auto reconocimiento y libertad, tres áreas en las que este colectivo todavía tiene mucho que decir.

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