Bésame mucho

Cada 23 abril celebro Sant Jordi porque creo en el amor incluso aunque no esté enamorado. Es mi fiesta preferida. Creo que no me equivoco si digo que seguramente sea una de esas tradiciones que todos, o casi todos, vivimos con emoción y alegría.

Desde hace unos años tengo una sensación muy concreta que solamente me ocurre hoy. Es como si la fiesta en sí se hubiese convertido en una especie de tregua para con los problemas que me rodean. Tampoco es que yo viva en un mar de dramas, ni mucho menos, pero digamos que el día de Sant Jordi tiendo a desconectar, entre otras cosas, de la actualidad: no hay espacio para los políticos corruptos, la violencia indiscriminada, los chantajistas emocionales, el miedo o la crisis de valores generalizada. Tiendo a olvidarme de lo que ocurre a mi alrededor porque el día de Sant Jordi es mío y le doy la forma y el color que más me gusta. Suelo celebrarlo en pareja (cuando tengo), con mis amigos más cercanos o con mi familia.

En días como hoy solemos ralentizar el mundo que nos rodea para centrarnos en nuestra realidad más cercana precisamente porque Sant Jordi es la fiesta en la que visibilizamos nuestro amor. Seguramente sea uno de esos días en los que veamos más besos, más abrazos, más caricias y más miradas por la calle. Y es que cómo nos gusta celebrar el amor con nuestras parejas. O con nuestros amantes. O con esa persona especial cuando todavía no sabemos si sí o si no. En el fondo esa alegría tan nostrada que vivimos hoy ocurre porque estamos contentos y así, sin percatarnos y de forma natural, visibilizamos el amor que sentimos por otras personas.

Recuerdo con ternura esos Sant Jordi que he vivido en pareja. Los nervios de verle, las ganas de abrazarle, de sonreírle como diciéndole “bésame mucho”, pero también esa pequeña chispa de miedo e inseguridad de hacerlo en público por si me decían algo o me miraban de forma diferente. Luego la realidad es bien diferente y demuestra que la gente está demasiado ocupada en cumplir con su apretadísima agenda como para hacerte caso y, a medida que pasa el día, tú mismo te vas dando cuenta de que, quien me lo iba a decir, la misma tradición genera un entorno seguro en el que estás a salvo libre de agresiones, miradas o malos gestos.

Es cierto que nuestra orientación sexo afectiva, sea cual sea, no es un eje central en nuestras vidas. Es cierto que solamente es un dato más. Sin embargo, sí creo que en días como hoy adquiere un puntito de relevancia porque exteriorizamos el amor que sentimos hacia la persona amada. Adquiere relevancia porque el amor es un valor universal: todos nos enamoramos, todos lo experimentamos y todos sabríamos dar nuestra propia definición de lo que es el amor en una o dos frases. Así, la Diada de Sant Jordi es una oportunidad excelente para seguir en esa línea de mostrarnos y visibilizarnos públicamente con naturalidad. Curiosamente eso nos normaliza y nos iguala porque hoy, como cualquier otro día, nuestra etiqueta como homosexuales, heterosexuales o bisexuales se diluye entre la multitud como una característica más. Objetivo conseguido.

Sin embargo, ese objetivo alcanzado debe cuidarse y protegerse porque hace solo una generación eso no era posible. Nuestros abuelos, nuestros padres y nuestros hermanos mayores se alzaron para que hoy pudiéramos abrazarnos y besarnos en público. Precisamente como las parejas heterosexuales han hecho siempre, con esa misma naturalidad, aunque sin ser cuestionados ni sufrir consecuencias por ello como sí sufrimos nosotros.

Por eso la mejor manera de proteger esa naturalidad conquistada es ejerciéndola, primero porque tuvimos que luchar por ella, segundo porque el amor es un sentimiento universal al que todos tenemos derecho, tercero -y en consecuencia- porque se trata precisamente de un derecho, no de un privilegio, y cuarto porque hay muchos lugares en el mundo donde ese derecho no puede ser ejercido. Y aunque es cierto, insisto, en que nuestra orientación sexo afectiva no debería ser un dato relevante en nuestra vidas, nunca podremos hablar de normalidad si no hablamos, al mismo tiempo, del ejercicio de esa normalidad de forma plena y efectiva.

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