Una bofetada con la mano abierta

Una bofetada con la mano abierta

120 pulsaciones por minuto

120 pulsaciones por minuto es un relato desgarrador que explica los estragos que causó el SIDA a principios de los años 90 en París.

Qué dolor y qué rabia. Dolor porque es una película triste. Rabia porque se podría haber intentado salvar más vidas. No digo que se hubiese conseguido, pero por lo menos se podría haber intentado. La homofobia imperante e institucionalizada del conjunto de la sociedad impidió que se destinasen más recursos y esfuerzos a combatir la epidemia. Esa homofobia es hoy corresponsable de la sangría material y emocional que la enfermedad se llevó por delante durante sus casi dos primeras décadas.

Esta es precisamente la realidad salvaje que escenifica la película: la vida de un homosexual con SIDA no tenía valor y si estaba enfermo era porque se lo había buscado. Mejor que estuviera muerto. Eso sí, otro gallo hubiera cantado si el SIDA hubiese afectado en masa a la población heterosexual.

Una bofetada con la mano abierta

Act Up es una asociación muy activa que fue fundada en 1987 para llamar la atención sobre el SIDA y la gente que la padecía, con el objetivo de conseguir legislaciones favorables, promover la investigación científica y la atención especializada de los enfermos. Con diferentes delegaciones por todo el mundo, también en la capital francesa, fue uno de los actores más destacados en la defensa de los derechos de las personas enfermas de SIDA antes de que la enfermedad dejase de ser mortal (en los países occidentales).

120 pulsaciones por minuto
 narra la frenética actividad de Act Up por conseguir que una farmacéutica comparta los resultados de los diferentes ensayos clínicos que está realizando y que podrían abrir una puerta a la esperanza. En una crítica feroz hacia ese negocio en el que ganar más y más dinero era muchísimo más importante que salvar vidas humanas, no había tiempo para las palabras bien dichas ni las formalidades: la gente se moría. Perdón, los homosexules se morían. Esta película para la memoria histórica narra una lucha contra la muerte a contrarreloj, que cada activista portador del VIH medía por el número de células T4 que le quedaba en el organismo.

Como muestra de esa homofobia galopante en la película, vemos cómo médicos y enfermos usan el término contaminé (contaminado) para referirse a la persona enferma de SIDA. Como si fuera un apestado. Estábamos lejos todavía de considerar que el VIH se transmite.

La homofobia no es la protagonista de la cinta, aunque sí contextualiza y envuelve las dos grandes tramas: ese activismo político y social reivindicativo y una historia de amor bañada en la incertidumbre. Ambos ejes se cohesionan gracias a una tensión emocional in crescendo que se mantiene hasta el desenlace.

Una bofetada con la mano abierta

El amor crece entre Nathan (Arnaud Valois) y Sean a medida que la muerte se acerca. En esa lucha desesperada por la supervivencia hay un grito desgarrador que apuesta por la vida. De hecho, aunque la principal profesión de los miembros de Act Up consista en ser seropositivo y el miedo a la transmisión de los que no lo son siempre está presente, se dan el derecho a confiar en la vida. Bailan, follan y se ríen siempre que pueden en una rebelión épica ante la muerte.

120 pulsaciones por minuto ganó el Gran Premio del Jurado durante el Festival de Cannes. A Pedro Almodóvar, miembro del jurado, se le saltaron las lágrimas diciendo que se trataba de “una historia de héroes que habían salvado muchas vidas”. Unas palabras que dieron la vuelta al mundo como si quisieran recordar que, si no hubiera sido por ese activismo comprometido y luchador, muchísimas más vidas se hubieran perdido. El cineasta manchego reconoció así a una película que te convulsiona y te obliga a despertar, por las malas, de tu ignorancia.

No está de más recordar que entre 28,9 y 41,5 millones de personas han fallecido a causa de enfermedades relacionadas con el SIDA desde el comienzo de la epidemia. Esta apabullante realidad nos recuerda que hoy siguen muriendo muchas personas en el mundo y que, en parte, la estigmatización sigue siendo uno de los principales escollos a superar en la lucha contra la enfermedad.

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Escrito por
Daniel Vilosa

Periodista especializado en actualidad LGBT, es fundador de La Pluma Invertida. Trabaja como ejecutivo de cuentas en la agencia de marketing Goalplan y gestiona puntualmente medios en el gabinete de comunicación IP Comunicación. Vive en Barcelona.

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